miércoles, 21 de noviembre de 2007

Travesía de regresos


"Volveré y seré millones", dijo Eva Perón algún día y yo lo repetí, unos 50 años más tarde.
Me iba de la oficina y esa fue la manera de despedirme de mi jefa. Luego, de camino a casa pensaba y, como dice mi amiga del más allá Yolanda, "pensar asusta, porque acerca a Dios". Ay Diosito, entonces nos hicimos los dos uña y carne y comenzaron estas divagaciones en torno a la vida, propia, ajena y mezclada. Todo a raíz de la mención de esa famosa frase atribuida a la Santa Peronista. Ahora vienen a parar en este espacio virtual –como todo en la vida-, que atenta contra mi privacidad pero alimenta mi irrepetibilidad.

Volver, se vuelve de fijo siempre, como dice esa hermosa poesía-canción que solo Chavela sabe interpretar: “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Qué cierto es, incluso se experimenta una extraña sensación de pertenencia y vacío al mismo tiempo cada vez que regresamos a algún lugar donde tanto amamos como odiamos alternativamente, pero donde definitivamente vivimos intensamente esta combinación de pellejos, huesos y un yo único e irrepetible, que es la vida que nos ha sido dada.

Pienso en volver, volver a la escuela, a la que juré por mucho tiempo no más volver gracias –y en verdad gracias- a los agravios sufridos y el reconocimiento de limitaciones que ésta supone –sobre todo de índole numérica, en mi caso- y por ser el primer espacio-espectro donde se rompe con lo íntimo-vinculante de esa pequeña pero refrescante y limpiadora burbuja de jabón, que se conoce como familia y que se puede romper con solo soplarla.

Hoy, a raíz de la frase, he vuelto a la escuela. Pero esta vez no fui solo. Me hice acompañar del adulto que ahora pretendo ser y al cual suele atacar y sorprender el niño que siempre he sido.

Es espantoso y maravilloso volver al niño tratando de ser un adulto. Se combinan sensaciones –prefiero hablar de sensaciones que de experiencias, porque alguien dijo que estas son el nombre que damos a nuestras mayores equivocaciones y por lo general no veo mi vida como una serie de errores, sino de aprendizajes, aunque que la he metido, la he metido y no muchas sino casi todo el tiempo, pero sigo aprendiendo-.

Bueno, a como hablo escribo y lo he vuelto a hacer. El niño detesta al adulto y el adulto no le tiene paciencia. Un analista o un shamán diría que no me tengo paciencia a mí mismo y que me detesto. NO ES CIERTO. En realidad mi adulto envidia a mi niño, una criatura silenciosa, que amaba sus viajes introspectivos y vivía en un mundo perfectamente combinado entre realidad y fantasía. Nada particular, como todo otro niño, pero sí único e irrepetible.

Volver, volver, ya casi con la frente marchita como el tango, intento volver a la esencia de ese infante, pero no se puede. Ya mi sien está marcada por las nieves del tiempo y eso que vengo de un país tropical, donde la nieve brilla por su ausencia. Algo así como la vereda tropical, la ruta de Cortés –sin Malinche, porque detesto a los malinchistas aunque todos llevamos sus genes-.

Me traslado a mi escuela, donde pasaba largas horas desatendiendo las lecciones a más no poder –pobres profesores- y concentrándome arduamente en mirar por la ventana únicamente. No necesitaba más. Ahora sí y me pregunto por qué.

El adulto no logra descifrar en lo que fui a un infante completo. Alguna pieza hace falta. No está triste, pero parece cargar una inmensa y desolada depresión. Desolación, otra vez aparece la palabrita, con nuevas divagaciones… ¿Quién se la habrá inventado? Desolación, al pronunciarla me veo bajo un sol de mediodía, como de Viernes Santo, cuando todo confabula para rendir homenaje casualmente a la desolación: uno se siente solo, tan solo en este mundo que incluso sujetar la mano del ser amado en esos momentos no significa, porque uno está más allá del bien y del mal, del amor y del odio, de toda pasión, que es aniquilada por esa extraña sensación.

Un Viernes Santo al mediodía ni el viento respira ni las hojas se mueven ni uno se siente plenamente vivo. Estoy seguro. La palabra desolación debió haber sido creada un Viernes Santo al mediodía.

Una vez, ya de adulto, un sábado que limpiaba mi closet encontré un frasco de vidrio y dentro un papel amarillo por el tiempo. Al examinarlo, las palabras que habían dentro me causaron al principio gracia: era el testamento que de niño escribí pensando en morir. ¿Por qué deseaba la muerte? El adulto no lo sabe. Llegó, ciertamente, el día en que ese niño falleció y se llevó a la tumba, que es el cuerpo del adulto, ese secreto. El impacto me llevó a escribir un poema, que muestro aparte.

Decía que me hizo gracia al principio, pero luego terminé llorando. ¿Por qué ese niño nunca obtuvo un dadivoso abrazo cuando lo necesitaba? Tuve que esperar media vida para tenerlo. Sucedió hace como cuatro años y fue el último abrazo que me dio mi padre. Como adulto tuve que buscarlo, no podía dejar este país sin recibir lo que siempre había añorado.

Mi padre nunca fue un hombre cruel, todo lo contrario, era tan bueno, tan justo y tan noble, que todavía y por siempre lo seguiré extrañado con una cuota interminable del dolor que su partida ha causado en su familia. Es solo que los abrazos y los besos no se acostumbraban en mi familia. ¡Maldita sea! Y yo que ahora tanto quisiera prolongar ese abrazo postrero.

Como decía, yo me iba del país siguiendo un sueño que concluyó en pesadilla, y él me llevó al aeropuerto. Nos despedimos con unas palmadas en el hombro, deseándonos ambos la mejor de las suertes. Yo ingresé al edificio y de repente algo sucedió. En la tumba de mis penares se revolcó el cadáver del niño, pidiendo su añorado abrazo. Yo tiré las maletas, al mejor estilo “hollywodiano” y él todavía estaba ahí afuera, como esperando algo o sintiendo lo mismo que yo sentía. Yo todavía puedo verlo, tengo la imagen grabada en la retina. Lo abracé tan fuerte y le dije: “Papá, muchas gracias por todo”. Él se sintió un poco atribulado y se quedó sin poder emitir palabra alguna. Me fui, tomé el avión, viví un poco más de lo debido y luego volví. Nunca imaginé que esa sería nuestra despedida.

La próxima vez que lo vi ya no hablaba, ya no se movía… estaba queditito, como un muñeco, en su caja.

Yo lo quiero y lo quiero extrañar también, es mi derecho.

Tal vez así ese niño deprimido se mejoró, aunque una eterna pena cargará el adulto, pienso que a lo mejor ese niño ya estará jugando, ya es feliz porque la fuerza del abrazo colmó a infante y pellizcó al hombre. No lo sé, pero es mejor verlo así, aunque cómo quisiera tener de nuevo ese abrazo, y repetirlo.

Lamentablemente, Eva no ha vuelto ni veo millones de Evitas. Tampoco mi padre ni todos mis muertos –tome nota: incluida Yolanda-. ¿Será acaso que se regresa en otras formas y así se multiplica el ser? ¿O tal vez, quienes nos conocen en vida nos replican tras dejar la madre tierra y al ser incorporados por gestos, palabras, mañas, citas, obsesiones y demás nos convertimos en millones?

Llegué a casa y llamé a mi cuarto, el de infancia, ahora virtual, al niño. Un chiquillo flaco, con cabello casi blanco y unos grandes ojos que indagaban todo y que usualmente llevaba tijeras consigo para recortar todo, vino muy enojado. Lo abracé muy fuerte, le dije cuánto lo quería y luego de llorar por largo rato, nos fundimos literalmente en ese abrazo. “No seremos millones -le dije- pero al menos ahora podemos ser uno”.

Testamento Umbilical

Un llanto incomprendido,
una pelea perdida,
un juguete robado,
escondido o no comprado.
Por caída
o por capricho.
Todo pudo ser motivo.
Todo tanto como nada.


Fecundación
de primeros signos
con tinta.
Sangre azul o negra
daba forma
a mi primera despedida.


El tiempo supo
callar las letras,
ajenas al Olimpo paternal.
El ropero pudo
guardarlas
entre polvo, telarañas
y olvido.

Día de limpieza
un testamento doblado y amarillo
no escapa a la mano afanosa.
Al desdoblarse
las palabras
cuentan la historia
de un pequeño
enojado con la vida.


El adiós nunca realizado
devuelve al infante
ahora arrepentido.
El adulto que fue el niño
lee con risa sus escritos.
Quien odiaba le ha enseñado
que el lazo umbilical
no se rompe nunca.
Ríe, recuerda ...
Luego llora
abrazado a su cordón.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Viaje surrealista a una parte del mundo surrealista de Luis Buñuel


La Mujer de Buñuel

Hoy la vi, mientras caminaba hacia la oficina.
Extraño, pero apareció mientras yo miraba lo que quedó de la antigua Facultad de Derecho y pensaba en su alto valor como patrimonio arquitectónico. Extraño, insisto, porque su paso me llevó a pensar que ella es uno de esos personajes urbanos, que ya forman parte de la arquitectura de la ciudad, si así podemos llamar a este eterno y poco cambiante cafetal con luz, que ha sido San José desde 1887. Por tanto, debería ser amparada por la Ley de Patrimonio Histórico, puesto que ella es parte de este legado urbano pronto a desaparecer debido, principalmente, a la indiferencia de la gente.

Hace ya algunos años la vi por primera vez.
Sucedió, a propósito, con ocasión del centenario del laureado cineasta español, en la sede de la Alianza Francesa, donde proyectaban La Vía Láctea. Al tomar asiento noté que mi compañera de al lado era una mujer de unos 75 años, perfecta y elegantemente vestida al más puro estilo de los 60’s, pero con prendas y accesorios originales. Por ello, las ropas ya estaban rasgadas, bastante, y el collar y las pulseras daban fiel evidencia de que habían presenciado muchas celebraciones. Su bolso estaba un poco roto y sucio, pero hacía un "perfect match" con su atuendo. Parecía como dicen “nobleza venida a menos”, a mucho menos en términos estrictamente económicos, por supuesto. La clase se respira y no se pierde nunca, ni con la pobreza, por más snobbish o facho que suene mi comentario.

Tras concluir nuestro paseo por La Vía Láctea nos invitaron a tomar un vino y comer algunos bocadillos –extraña palabra esa, cursi y pola al mismo tiempo-. Se levantó de su silla y se lanzó a la mesa a devorar, no comer, todo lo que pudiera, con una velocidad sorprendente, que desafiaba a las mismas leyes de la física. Tragó como loca, tanto comida como vino –de caja, por supuesto, pues aún en la Alianza Francesa el presupuesto no parece alcanzar para botellas-. Y me dije: “Ah, ésta es de las que siempre vienen por la comida y nunca faltan a ninguna actividad donde haya trago y comida”.

Yo quise y decidí observarla. Siempre me ha gustado subir a un bus, tomar un avión y ver caras y jugar a adivinar cómo será la vida correspondiente a x rostro. Luego, resolví acercarme, hablar con aquel enigmático personaje que parecía haberse escapado de una película de Buñuel y no de Almodóvar, como está tan de moda. "Esta parece una chica Buñuel, no una chica Almodóvar", me dije. Hoy es fácil encontrar una que otra chica Almodóvar (bueno mi mamá es como una Endora Almodóvar), pero una chica Buñuel es casi inexistente, están ya en vía de extinción. La chicha Almodóvar no tiene que ser necesariamente bella, basta con que sea diferente, muy distinta al resto y con ciertos –¿o muchos?- elementos kitsch, tanto en trapos y atuendos como en personalidad. Contrario a esto, la chica Buñuel ha de corresponder con una belleza clásica, pálida y definitivamente original y sencilla. Así como Catherine Denueve –a quien mi primo Rodolfo llama, en broma, "Caterín, la del nueve"- o la misma Silvia Pinal, de su etapa mexicana.

Me dije: “A abordarla”, y me lancé, así como ella a la comida y el vino, yo a ella. Me puse a su lado y le hice la típica pregunta cajonera: “¿Y ... qué le pareció la película?” “Este Buñuel no deja de impresionarme, aún luego de tantos años”, fue su respuesta y continuó: “Usted sabe que lo conocí en París, justo cuando filmaba esta película. Lo gracioso del caso es que me dijo que yo era el tipo de mujer de sus películas y hasta me preguntó si era actriz, imagínese”. Ah, pensé “si esto es cierto, entonces no me equivocaba, es una mujer tipo Buñuel”, pero había que ponerlo a prueba, pues podría tratarse de una variación tipo High Class de bombeta, así que le dije: “Parlez-vous français?” Se rió y contesto en perfecto francés que sí, que aunque nunca había vivido en París, lo había visitado muchas veces en su vida –la de antes, obviamente- y había recibido clases de francés con profesores franceses.

Luego de un rato descubrí que tenía ante mis ojos a una especie de Biblioteca de Alejandría hecha mujer, de carne, hueso y cerebro, mucho cerebro. Al hablar, por ejemplo, de mi novia eterna, es decir, Yolanda Oreamuno, mencionó la influencia que en ella había ejercido Marcel Proust –luego leí un estudio de la obra de mi novia que mencionaba lo mismo y lo interesante es que fue publicado mucho después-.

Pero claro, nuestra conversación tenía que centrarse en mi mejor amigo eterno, o sea, Luis Buñuel. Hablamos de su vida, de su obra, de España, Francia y México y, no podía faltar, el surrealismo en su cine. Digo hablamos, pero realidad yo lanzaba los puntos y ella dictaba los contenidos. De cuando en cuando, ella miraba alrededor y cuando nadie estaba a la vista abría su bolso y echaba disimuladamente uno que otro pastelito.

En mi afán por descifrar tan complejo personaje y probar si mis hipótesis eran correctas, también con disimulo logré averiguar que vivía sola, sin familiares de ninguna cercanía y que venía de una familia bastante burguesa, pero, efectivamente, venida a menos, en términos económicos estrictamente, repito y puntualizo.

Luego la he visto en varias exhibiciones de arte, conferencias y presentaciones de libros, atenta al discurso, de vez en cuando lanzando preguntas y, eso sí, tras los actos, siempre aterida a la mesa de los bocadillos y el vino –para variar, de caja-. Su bolso no es de Louis Vuitton, sino de Mary Poppins, pues de ahí puede entrar y salir cualquier cosa. Este es parte irremediable de su dueña y continuamente acoge generoso cuanto alimento le ingrese.

Han pasado años, muchos, desde la noche en que la conocí. Hoy la vi, mientras caminaba hacia la oficina. Los sesenta no pasan de moda para ella, pero las prendas eran aun más desgarradas, lullidas y remendadas, una y otra vez. Estaba muy delgada, probablemente ahora ya no hay tanta actividad artística como antes y su cuerpo daba indicios de un cruel proceso de encorvamiento. Además, los sesenta hace tiempo quedaron allá para ella. Hoy, su cabello era escaso y las arrugas afloraban por doquier. Su paso era lento y complicado. Eran los años.


Al acercarme noté que se agachaba junto a unas bolsas de basura. “¡Mi Dios!”, me dije, “¡No es posible que haya terminado en esto!”. Sentí la ira, la furia la necesidad apremiante y demandante de acercarme y pedirle que desayunara conmigo, llevarla al supermercado, comprarle comida, pagarle la renta, llevarla a un médico, complacerla. Pero, sin embargo, no lo hice. Tan sólo me quedé mirándola, petrificado. Se acercó a la basura y tomó algo, de repente se incorporó y se quedó mirándome: alzó la cabeza, se planchó ligeramente con sus manos la ropa, sonrió y me dijo: “Machito, usted me sale por todos lados”. En sus manos aparecía una ramita floreada de algún árbol, que había caído justo junto a la basura y que ella juntó.

Volvió a sonreír y entonces siguió su camino. Y yo la vi alejarse, no sé si con dolor de hijo, de amante, de penitente, de solitario o de compañero de humanidad.

martes, 2 de octubre de 2007

Madreselvas en flor... el viaje del Adiós perpetuo


Un ejercicio de tinta para expiar la pena absoluta de la ausencia de mi padre. Fue publicado en un periódico y tras ello me percaté que había ayudado a varias personas.


Tal vez el tango fue mi primera canción de cuna. No por azar sino por pasión, la voz de Carlos Gardel pudo ser la primera que me cantó, secundada por la de mi padre.

Desde entonces, desde siempre, el Zorzal pasó a ser el mejor compañero de viajes de ambos, de esos que se hacen a lugares que la música y la mente nos llevan a conocer. Aquella casa, donde una viejecita espera eternamente la llegada de sus hijos que partieron hacia el frente, un Buenos Aires querido, con un apartamento en Corrientes 3-4-8, para ser más exactos con la dirección, sin porteros ni vecinos, que con el tiempo resultó no ser el prototipo de hogar que en mi imaginación de niño yo soñaba. Y aquella vieja pared del arrabal, cubierta por madreselvas en flor, que me vieron nacer…

Como Gardel, mi papá se fue de este mundo súbitamente, en una mañana, en unas pocas horas que yo no entiendo y que parecen haberse quedado grabadas para toda la eternidad.

Dicen que a los hombres buenos la vida los premia con una muerte rápida, sin sufrimiento. En el caso de mi padre, esta es la única razón que pueda explicar el por qué no pude tan siquiera sostener su mano al irse de este mundo. Pero, en fin, la vida es misterio, la muerte también y el tango expone los enigmas de ambas perfectamente. Me toca a mí hoy emprender la retirada, debo alejarme mi buena muchachada. Adiós muchachos, ya me voy y me resigno, contra el destino nadie da talla…

No tuvo sufrimiento al morir, al menos así lo aseguran los médicos. El dolor se quedó para nosotros, con nosotros y ahora aprendemos a vivir con él y sin mi padre. Con su partida aprendimos muchas cosas, como quiénes eran nuestros verdaderos amigos… los muchos que supieron estar. Pero también logramos rescatar todo lo que él es y seguirá siendo para nosotros porque, si bien es cierto el cuerpo muere, el espíritu se viste de recuerdo constante y pasa a ser parte de lo que uno es y de cómo ve la vida.

Sombra compañera. Tras cruzar la distancia entre dos países, pude llegar para cantar a su cuerpo, memoria de su vida, Madreselva, uno de sus tangos queridos. Entre llanto y canto, mientras lo hacía, me detuve a pensar, a decirle, que como lo reza este tango: tu sombra fue la compañera de mi niñez. Por casualidad, al día siguiente, sus amigos de tango le dijeron adiós con los acordes de esta misma composición.

Hoy, después de tanto tiempo y tanto tango, descubro que efectivamente, si su sombra fue la compañera de mi niñez, la luz de su presencia será la que alumbre los tramos oscuros de este camino, aún sin terminar… de este tango aún inconcluso. Gracias papá, por la Vida y por el Tango.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Al final del pasillo ... Un boarding pass muy íntimo


Resulta interesante examinar esta lectura que hice de mis padres, ahora que falta uno de ellos. No se dieron cuenta de que yo los observaba, tal vez por primera vez en toda mi vida. Pude fotografiarlos como un polizón escondido en un closet del avión, viéndolos interactuar en su cabina de Primera Clase ... ellos merecen viajar siempre ahí.



Al final del pasillo, ahí los vi: ella en la cama, él a su lado. Ella, sin una gota de pintura, como nunca antes la había visto. El, también como nunca antes lo había visto: más viejo que nunca, tan cansado, tan agobiado, tan humano.


Desde que recuerdo, y en eso he estado desde entonces, haciendo correr mi disco duro, nunca ha permitido que la vean sin pintarse la cara, bueno ha de ser porque también pinta y ella misma es un retrato más de su obra. Siempre ha sido muy chineada, bueno, creo que en cierta manera él siempre ha sido una extensión de su padre. Pero ahora no hay chineo que valga, solo es realidad y punto.

El siempre ha sido dócil, llevadero, pacificador, introvertido y bastante, pero mucho, tímido. Una buena persona, no puede decirse lo contrario. Es un niño crecido, grande, bastante, que aun extraña a su mamá. De hecho, es extraño pensarlo hasta ahora, pero se parece mucho a ella: es muy noble. Y los años le han dado rasgos físicos de ella, solo que en versión masculina.


De primera entrada pueden juzgarlo de hosco, de frío. Bueno, a veces a mi también, sin dejar de lado esa connotación de snob-contra la que tengo que luchar todo el tiempo. Pero luego de un rato ... ¡ah!, y si le mencionas a Gardel, sale el fanático y listo, adiós timidez. Hasta incluso puedes sacarle un tango, a capella –indico: se prohíbe mencionar el nombre de la Santa Peronista, o sea, Eva Perón, porque la detesta-.

El ama el Tango, ella para nada. Ella ama el Arte, a él no le interesa mucho, pero con el tiempo ha aprendido a leerlo, a verlo y admirarlo. Sin embargo, ella va con él al Rincón del Tango y él la lleva a cuanta exposición la invitan. Siempre juntos, producto de una excelente negociación: él cede, ella cede. Viven con la filosofía del Two Way Street y por eso nunca los he listo pelear en toda mi vida.

Pero, aunque siempre los he visto de esta manera, hoy los vi distinto. Cuando me acercaba por el pasillo, quise detenerme y leerlos, más que verlos. Ella sin su óleo en la cara –aunque creo que es más acuarela, por su palidez característica- y él sin su típico periódico o su maletín de abogado –que a veces pienso hasta duerme con el-.


Me detuve, de hecho, quise leerlos sin que lo notaran, sin que supieran que yo estaba ahí, presente. Ella tiene más arrugas de las que oculta y uno pueda imaginar, pero, wow, no tiene papada –que dichosa-. Él, tiene todas las arrugas que pueda y no tiene problemas con ellas, pero sus ojos se han ido hundiendo un poquito y uno que otro pellejo le cuelga ya bastante, sin dejar de lado que se está jorobando, como su madre –lo cual lo hace parecerse más aún a ella-.

Ella en la cama, él a su lado. No es la cama de siempre: ahora es de hospital. Ella espera una operación, no muy complicada, pero ambos saben que esto es solo parte de un camino: la vejez, donde el hospital puede pasar a ser un ambiente más de la vida misma. La terrible enemiga de ella de todos los tiempos, ahora se ha hecho su pariente, porque vive con ambos. Para él la vejez siempre fue como Libertad Lamarque: un canto de descanso al final y al principio del día –será por eso, me pregunto, que tengo tantas obsesiones con la música?-

Ah, la música: Libertad, Los Machucambos, Chavela, Magaldi, Beethoven y Gardel, por supuesto, nos hicieron a los tres amigos al cabo de muchos años. Ellos y Ellas son parte de nuestra mesa.

Hoy los vi tan viejos ... ¡Puta, qué viejos están! A veces, para bromear, le digo a él que se salvó del accidente en que se nos fue Carlitos –Gardel, nuevamente- y a ella que fue compañera de kinder de Cleopatra, no Liz Taylor, sino la verdadera, la Reina del Nilo. Pero hoy todo esto aplica, los veo viejos, muy viejos, tan viejos que no logro entender cómo putas diablos se hicieron viejos de la noche a la mañana –honey, time flies when you’re having fun-.

Bueno, esta noche ha sido larga, solo quiero decir que ella es mi mamá, aunque bromeando siempre decimos: “a la que Grace Kelly le encomendó mi crianza”. Una ejemplar ciudadana de Saturno, pues la mayoría del tiempo parece vivir en una de sus lunas. Pero su calidad saturnina, le da un don que no tiene cualquiera: cuando pinta es sublime, tiene un ojo distinto para poder captar esencias y no apariencias, en eso nadie le gana.


El es mi papá –si, está bien, confieso que la verdad es que no soy hijo de Cary Grant-. Pero él es grande, aunque parezca chiquito. No hay mayor grandeza que la inocencia de un niño y esa es precisamente su mayor virtud: ha sabido conservar esa parte de niño intacta a través de su vida –tal vez de ahí aprendí a actuar como niño muchas veces-.

Y yo, yo formo parte de este pequeño club, muy exclusivo, por cierto, en el que ninguno de mis hermanos participa. Ellos tienen otros clubes, porque ninguno se muere por el Zorzal como yo lo hago –otra vez más, sale Carlitos-, ni les interesa tanto la pintura como a mí. Ya ven, pues, es un mundo chiquito, muy íntimo, como una esfera, pero hay mucha gente y alguno que otro famoso.

Ahora, en el pasillo, recuerdo una mágica tarde, ya muy distante, en que mamá cantó a dúo con Chavela “Veracruz” y luego papá se picó y se puso a cantar, también con ella, “Sus ojos se cerraron”, por su, de Gardel –y va el necio una vez más-.

Algún día los ojos de ambos se cerrarán por siempre, como dice la canción y como enseña la vida. Pero, contrario a la canción, el mundo no seguirá andando, ni será el mismo. Para mí se detendrá en el recuerdo de tardes, tangos, rancheras y demás canciones. En alguno que otro viaje, conversaciones sobre mis roommates Yolanda Oreamuno y Eunice Odio- a quien papá no quiere mucho a raíz de un comentario sobre Otilio Ulate, pero que sin embargo aceptó que se nombrara a su bebé –la gata- en honor a la poetisa- presidentes y libros y muchos chistes contados, entre muchos otros recuerdos.

No serán prefectos, no serán distintos, pero no los cambio ni se aceptan devoluciones –y eso incluye hasta a Grace Kelly-.

jueves, 20 de septiembre de 2007

Estoy enojado


Itinerario de una rápida incursión por el Reino de la Furia



Estoy enojado, muy enojado. La furia se me trepa como un animal salvaje que ha esperado pacientemente mi paso por el día y de repente encuentra la oportunidad y no deja escapar a su presa. Esa es la furia y ese soy yo.


Todo el día transcurre apacible y lentamente, cuento las horas para el día siguiente, que tanto he esperado y súbitamente una informal, inusual e inesperada llamada me comunica de una informal, inusual e inesperada respuesta. He sido cancelado.

Ay, entonces la furia-fiera se lanza descarnada y desalmada. Lo hace rápidamente, de pies a cabeza hasta lograr la totalidad de mi cuerpo en un enojo.

Mi atacante –no la furia, sino la persona al otro lado del teléfono- se percata del cambio repentino en mi manera de hablar, de la reducción de las palabras hacia los vocablos únicamente, de mi cortesía minimizada y ahora forzada y, en suma, de que soy presa irreversible de dos ataques: el de su enunciado y el de ese extraño pero violento animal que llevo tan mal dentro.

Esta es la situación, a la que forzosamente reacciono con esa bendita, maldita, como dice Chavela: daitanaton –maravilloso y terrible a la vez- crianza que he recibido diciendo, mordiendo los labios para intentar apresar las palabras: “Esas cosas pasan”. No digo más, pero mi mente continúa la oración y la completa: “Esas cosas pasan porque una persona es egoísta, desapegada, mediocre y malcriada”. ¡Cómo quisiera no tener el aparato en la mano sino a la persona y poder decirlo, una vez en la vida, a vivo grito y mostrando, repito, una sola vez en la vida, orgulloso el animal que ahora tan bien llevo puesto!.

La conversación continúa, ahora con sabor a plástico, artificial. Muy polite pero por ende, demasiado fingida. He dejado de ser la máquina de hablar que suelo ser y me he olvidado de quien esta al otro lado. Soy todo de la furia, en su máximo esplendor. De manera también muy polite termino diciendo: “Nos veremos cuando regresés”. Estúpida crianza la mía, que me lleva a decir lo que menos quiero. Cuelgo.

Acto seguido: creer que no sólo soy presa de un enojo descontrolado y buscar ayuda: los amigos. El primero me ofrece una explicación psicológica de mi absurda reacción colérica y hasta me recomienda tomar las cosas con calma y ser más inteligente. Por Dios, esto ni a la chicha ni a mi nos va. El segundo acaricia al animal que me tiene poseído y atiza el fuego que ha convertido en un infierno mi mente. ¡Bravo, outstanding ovation! Al fin la respuesta, alguien me entiende y me apoya, el animal está ahora rebosante de belleza y de brillo. Este último amigo me ofrece ir mañana a ver un bailador en escena. Tal vez taconeando se logre pisar y dar muerte a mi enojo.

Una vez más, ejercito la acción de colgar. Ahora solo somos mi enojo y yo. ¿Y cómo nos hemanamos? La cajetilla de Marlboro aparece en escena y yo no hago más que rendirme a sus encantos, tan deliciosos como catárticos y dañinos. Pero eso no importa, ahora no importa nada, estoy mas allá del bien y del mal y del mundo… con mi fabuloso enojo.

¿Irme a dormir? Los dos no cabemos en la misma cama, así que decido dejarlo justo aquí, en la computadora, plasmándolo en letras que dibujan su sobria presencia. Hasta aquí llegamos: por esta noche la fiera y yo, por siempre la ilusión propuesta y quien la hiciera. Vuelvo, de nuevo, a ser sólo yo y mis circunstancias muy mías, las que no involucran a nadie, hasta nuevo aviso.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Equipaje extraviado



Todo vuelve a detenerse en el mismo lugar, bajo las mismas circunstancias. Dejarte es siempre doloroso, pero resulta que siempre encontramos una nueva manera trágica de despedirnos.

Yo creo que no soy tan importante para vos a como lo sos para mí. Total, tenés tu vida hecha acá … yo no la tengo en ninguna parte … bueno, tal vez en cajas y maletas empacadas y guardadas por todas partes, como un viajero errante, un exiliado de su propia existencia.

¿Sabés? La vida se resume en cajas y compartimentos para depositarlo todo. Al limpiar el closet de mi padre, tras su muerte, mi hermano y yo encontramos nuestros ombligos empacados en unas cajas pequeñas. Todo lo delicado, lo que se aprecia y se desea conservar celosamente, se mantiene en cajas.

Bueno, ya ves que hasta a los muertos ponemos en finas cajas de madera o metal y los guardamos bien quietitos en su cripta, con una inscripción para saber siempre donde los hemos puesto.

Bueno, pues resulta que hoy, ahora, debo empacarte. Es mi manera de olvidarte, enterrarte… o a lo mejor mi más efectivo recurso inconsciente para conservarte.

La gente me quiere, estoy seguro, pero siempre termina olvidándome.

Amanece en México y luego de 35 años me doy cuenta que he estado siempre empacado en una maleta que mantienen en la bodega de equipaje extraviado y que nadie reclama.

viernes, 14 de septiembre de 2007

El Aeropuerto


Todo el que se embarca en avión es una pena que vuela
Yolanda Oreamuno


5:29 p.m. La sala de abordaje es un pequeño, complejo país donde los humanos revolotean en diversas formas: susto, ansiedad, alegría, tristeza, preocupación, indiferencia y soledad –la que nunca falta-, solo para citar algunas.

He de tomar un avión que me llevará a concluir un ciclo, que en realidad nunca empezó y extrañamente aún no concluye. Haciendo alarde de una mentalidad un tanto fatalista, puedo robarme el lujo de pensar que este sea mi último viaje. Sería romántico –y bastante Kitsch por cierto- que en el medio del aire la nave explotara y de mi no quedara ni siquiera aquella piedra de jade que por años, deseos, sueños y engaños, ha colgado de mi cuello. También resultaría maravilloso imaginar que yo pase a ser parte, tras la explosión, de esa inmensa y nefasta contaminación del D.F. y sentir mi sucesiva inmersión en ese cielo tan cargado pero tan magno.

Es que, tal vez te parezca un poco raro, pero he llegado a amar y hasta a extrañar esa capa permanente de polución, así como algunos extrañan la siempre aliviante bruma de la montaña o la nostálgica, mítica y hoy día inexistente niebla de Londres.

Sí, sería altamente placentero soñar que ocurriera algo: una bala perdida, un asalto, un secuestro express –tan en boga en la capital azteca- sin rescate o la ya pasada de moda opción del envenenamiento- para poder morir en el lugar que se quiere. Puedo afirmar con plena certeza, que esta es una buena fantasía, pero que al mismo tiempo corresponde con un acto egoísta, para con los demás pasajeros, mi familia, el mundo y la polución misma.

Este país es hermoso, más nunca he logrado hacerlo mío ni sentir el más mínimo arraigo en esta tierra donde vine a nacer. A lo mejor y esto se debe a que jamás me he establecido emocionalmente aquí, pues alma, corazón, cerebro, hormonas y, en fin, todo mi cuerpo ha estado divagando por todos lados, incluido Saturno.

También puede deberse a un rechazo, a una anulación o la falta de sentirme verdaderamente querido en este territorio. ¿Quién sabe? …

A lo mejor y hasta yace en la carencia de un sentimiento fuerte, aunque el mismo me trajo de vuelta un día en que a mi papá se le ocurrió mudarse de mundo de repente. Creo que fue así, o al menos es como quiero verlo: se obstinó de andar por estos lares y entonces decidió marcharse. Así es mejor, todo simple y sencillo convierte en más tolerable al sufrimiento, ese que ahorita se me desborda y me rompe, por su ausencia.

5:37 p.m. ¿Sabes? Pensaba que a mi edad ya las muertes equiparan a los nacimientos, o viceversa, para no atentar con pecar de pesimista. Es maravilloso pensar que en una misma familia los que nacen toman el lugar de los que se van, la vida cae siempre bien parada sobre la muerte. Pero no puedes evitar tener presentes –en el más riguroso uso de esta palabra- a tus muertos personales.

Es extraño –todo es extraño en realidad-, pero conforme se va la gente más ocupa tu mente, más se queda. ¿Masoquismo, obsesión, locura, o mera condición humana? Prefiero no referirme a nada de la manera en que muchos, que dicen llamarse a sí mismos escritores –en estricto saturnino, me parece-, escriben: buscando y rebuscando siempre las palabras más complicadas para ello y justificándose eternamente al calificarlas de uso cotidiano. Cuando uno les pregunta qué putas diablos significan, se quedan mirándote con cara de ¡QUÉ HORROR, NO LO PUEDO CREER!, y con su boca aún abierta te dicen: “Pero… -hacen la pausa y recrean a doña Greta Garbo interpretando a la malograda y sufriente Margarita Gautier- ¿No sabes lo que este término TAN COMÚN significa?” Obvio, si pregunto es porque lo desconozco.

Otros hacen uso y abuso del latín, griego, alemán, esperanto –ese soy yo, pero lo hago como revancha, para mortificarlos- o el famoso, sensual, elegante, precioso y gastado en nuestra literatura contemporánea… francés … tan distinguido como estrategia de guerra de los trepadores sociales, intelectuales, emocionales, políticos y hasta de alguien con pretensiones de subir a tu cama bajo el engaño de ser amante ilustrado –que cuando existen son bastante malos por aburridos-, o sea, trepador sexual o terrorista de carne y pasiones fluidas.

Pero, en fin, no se si te aburro con todas estas divagaciones que hago. ¿Sabes? Ni siquiera te conozco y ya te estoy escribiendo una carta. Tal vez te he visto una, dos o varias veces… por el mundo o hasta en mi propio barrio. Puede que hayamos platicado en una, cientos o millones de ocasiones y no te he podido identificar. A lo mejor – o a lo peor- y hasta hemos dormido juntos, pero nunca vivido juntos, no al menos en esta vida de ahora.

Llaman a la puerta de embarque –suena a como si fuera a tomar un barco- y debo irme, tengo que dejar de escribirte y desconozco si lo volveré a hacer. Voy a abordar el avión y tomar el vuelo hasta mi destino inmediato, no solo geográfico sino también vivencial, circunstancial. Voy a ir a gritarle a México que no me quiso a pesar de que yo lo adoro. Voy por delante, a las bravas, a concluir lo que nunca empezó, pero que sigue gestándose en mi mente. No se, pero este cierre de vida puede significar el no conocerte jamás, pero también a lo mejor lo contrario.

Discúlpame, de verdad, es que estoy acá muy solo. Cargo tantos demonios conmigo que por un momento pensé que sería bonito tener a alguien a quien escribirle una carta, para sentirme acompañado y poder decirle lo que nunca digo, lo que siempre me callo. Es que, ya son muchos años de desolación, esa que consume, que te aparta de todo y de todos y resulta que ahora me le escapé, le robé la esquina y me puse a fantasear para crearte, sin siquiera haberte descrito. Bueno, total te inventé por este ratito.

Solo quise pensar que en este momento tan difícil había alguien conmigo, que se preocupaba y quería saber cómo me siento. Pero debo abordar o pierdo el vuelo y con ello la posibilidad de cerrar este triste ciclo.

5: 55 p.m. Me voy. ¡Cómo quisiera irme! Para siempre, simplemente desaparecer, faltar. Apretar la mano de mis adorados fantasmas y dejar con mirada indiferente a mis demonios, para no volver nunca, para no ser.

Te quise mucho, aunque fuera tan solo por estos minutos robados.

Un abrazo,

YO

Escrito en febrero del 2005, en un aeropuerto. Hallado en el 2006, en una libreta escondida en una maleta llena de fracasos.

México… ¿Es mío?


(Fragmento de una carta post mortem a Yolanda Oreamuno)


Ciudad de México, abril 17, 2005


Y decías, extraordinaria Yolanda, hace ya bastante tiempo, que México era tuyo, aunque fuera para acompañarte al saberte en tierra extraña.

Hoy, después de tantos años y muchos esfuerzos para poder estar en este México tan tuyo y tan mío; luego de verlo, de tocarlo, de saborearlo y fumarlo: de vivirlo, de sentirlo mío y hacerlo una parte de mi y yo convertirme en una parte de él… hoy, después de tanto, tanto, y multiplicar por miles el completo sentido de esta palabra; el llanto incontrolable parece anunciarme que tal vez ese México no existe, o no es mío del todo.

México: ¡Cuánto hemos vivido! ¡Cómo te he amado, soñado y esperado. Ahora resulta que no me quieres. Soy nada en tus calles, que me ignoran, y tu sangre me ha rechazado.

Yolanda… ¿dónde está tu México, ese que compartimos? El que respiro hoy no parece ser nuestro, solo me ha traído el profundo cansancio de la soledad y una abrumante desolación… ¡Cuánto te dice esta palabra! Es como lluvia inconclusa y constante, con gotas que nunca alcanzan estrellar el suelo. Desolación es el tono de mis muchos sentimientos irrealizados en este espacio.

¿Sabes? Creo que México es el Santo Patrón del llanto; con él, por él, siempre lloras: de alegría extrema, ante tanta belleza y jovialidad, por su marcada injusticia, su majestuosidad en tanta naturaleza y concreto y también bajo la sombrilla de nuestra vecina, la señora Desolación.

Desolado, así me siento, así creo que soy. Con esta desolación, encarnada y supurosa, con esta soledad tan arcaica en mí y tan interna que resulta casi imperceptible, que te anula frente a mil ojos, que te trunca.

Eunice decía que “México es el colmo de la pasión”. No se equivocaba, porque ciertamente lo es, pero la pasión tiene, como todo en este mundo, sus extremos y el lado derecho de la misma (¿Por qué todo lo malo ha de ser siempre izquierdo? ¿Quién estará sentado a la izquierda del Padre?) te desolla, verdaderamente te arranca lo que quede de corazón, lo que no haya sido ya previamente sacrificado en honor de la tierra azteca.

Mis 35 me han enseñado que es indispensable querer a alguien o a algo, hacerlo de uno, integrarlo, ser uno solo y mismo. ¿Por qué entonces estos mismos 35 me muestran, me tientan, con este México tan nuestro y tan distante y con su carne esparcida en cuerpos humanos, que dicen quererme para luego abandonarme? Cuéntame que te han enseñado los 40 que estuviste en este mundo.

Te fuiste hace ya mucho tiempo. Yo no te conocí cara a cara, palabra viva en boca, olor a olor; pero te conozco bien –y lo sabes- gracias a las pistas que dejaste escondidas en tus textos, que cediste en tu fugaz pero vasto paso por la palabra, ruta de evasión de tantos sufrimientos tuyos, que años después, yo empiezo a vivir.

Este México tuyo, que me heredaste en tantas frases, no parece ser mío… no quiere serlo, me abandona y me anula.

Aquí, justo en el medio de un omnipresente mediodía, frente a la que fuera tu casa y de Eunice, solo me queda tu recuerdo: imaginarte caminando esta calle, tal vez víctima de la misma desolación que ahorita siento y diciéndote a ti misma, como yo intento hacerlo, con la fortaleza del consuelo y la compañía: “México es mío”.


Ayúdame,

YO

PD. No olvides enviarme unas cuantas pistas para poder animarme a tomar una decisión y dar término a todo este enredo que ahora estoy viviendo.

Boarding Pass

¿Su pase de abordar, por favor? Es la pregunta que deberíamos auto-formularnos cada vez que nos disponemos a emprender una nueva aventura, porque la vida misma es un constante viajar de aquí para allá, un ir y venir cuyo último destino seguro es la muerte, sino es que existen nuevos viajes luego de “colgar las tenis”, “estirar la pata” o abordar este postrero avión de madera, metal o cofre y sin alas, que suele despegar bajo tierra y en un cementerio.

Extraño, siempre he sufrido de un lapsus con las palabras cementerio y aeropuerto. Suelo preguntar: ¿Y a qué hora tenés que estar en el cementerio?, cuando alguien deja el país, o decir: “de la iglesia, se pasa al aeropuerto XXX”, al dar indicaciones sobre un funeral. Puede resultar altamente metafórico, semiótico o significativo. Me apasionan ambos sitios y en los dos mi reacción inmediata e inconsciente es evaluar, analizar las actitudes de la gente que está ahí y practicar el juego de inventar historias de vida para la mayoría.

Creo que el hecho de que son lugares donde las personas están más vulnerables que en la cotidianeidad ayuda a que no se pueda evitar abrir el espejo del alma y, por ende, resulte imposible ocultar el reflejo de los sentimientos y las sensaciones en la cara.

Un pase de abordaje o boarding pass contiene la información arcaicamente básica de su referente y se asigna un número de vuelo y de asiento. A veces pienso que cuando abrimos por primera vez los ojos en este planeta nos es dada una libreta con pases de abordaje. Los vamos gastando durante toda la vida y no precisamente a bordo de un jet sino de los vuelos que hacemos para saciar nuestra cuenta de viajero frecuente, que no es más que nuestra historia de vida o experiencia.

Esta página pretende reunir una bitácora de viaje, por este mundo que cada día se achica más, a través de anécdotas, historias, situaciones y hasta pensamientos, sentimientos formalmente disimulados. Lo bueno es que éste no es un viaje de negocios. Me lo tomo como de placer, para que no exista agenda alguna y para poder expresarme de la manera más libre que sea posible.

Inicio como el extraño y urbano ritual de fin de año: tomar unas maletas sin colillas, vacías y correr sin ruta definida; para entonces asegurarse una serie de viajes durante el año que recién comienza.

Este es un boarding pass que todos podemos compartir, algo así como un vuelo charter no privado sino más bien público en la medida en que muestro mi libreta de pases de algunos de los vuelos hasta ahora recorridos y otros en blanco, todavía por llenar.

Empecé a viajar desde muy temprana edad, y no precisamente por lugares físicos, sino por todos los destinos emotivos y emocionales a los que me transportaba la aerolínea de mi existencia. Siempre digo que Dios puso en mi equipaje de piel y hueso un extraño artefacto que me hace cuestionar prácticamente todo de manera constante.

Como toda persona, en mis viajes he hecho amigos y amistades. Los primeros se distinguen de los segundos porque son los que siempre te acompañan a la gran terminal de la muerte, es decir, los que entran al cementerio con uno, ya sea para despedir a los seres queridos o para despedirlos a ellos… o a uno mismo.

Hoy he decidido abrir mi maleta y enseñarles mis boarding passes, para poder entonces contarles un poco de mis viajes.

¡Bienvenidos a bordo y que tengan buen viaje!

PD. En mis viajes me han asignado asientos en todas las clases: Primera, Ejecutiva, Business-First, económica, baño y hasta en la sección de carga, alguna que otra vez que viajé muerto.