lunes, 21 de marzo de 2011

En una esquina de la Soledad


Nos vemos cada vez que por ahí paso. Una esquina, un rincón, es siempre nuestro punto de encuentro. Existen espacios en las ciudades que están dedicados a ciertas personas. Éste está reservado a nosotros, es nuestro, nos pertenece. Una discreta esquinita donde están grabados nuestros nombres, eternamente.

Cerca, muy cerca, justo al frente, está un amigo muy querido por los dos. Carlitos Gardel es el único testigo de que ahí estamos juntos, deteniendo el tiempo. Vigilante, sus ojos resguardan nuestros momentos ahí registrados.

Ocurrió una noche de junio, justo en el aniversario de la muerte de Carlitos. Fuimos juntos, con un grupo de gente, a cantarle sus canciones, inmortales como tu memoria. Al lado del Che Molinari y su inseparable bandoneón, ahí estamos juntos.
Por una cabeza, Adiós muchachos, Silencio, Mi Buenos Aires querido, y, por supuesto, Madreselva, ese tango que parece haber sido escrito solo para que lo compartiéramos, son algunas de las melodías que esa noche, sin importar qué tan bien o tan mal cantáramos, entonamos para nuestro amigo del más allá.

Resulta gracioso pensar que ahora ya son seis años, seis que llevás en el más allá. Pero para mí siempre estás en mi más acá, no acaba un día sin que te recuerde, sin que te sienta aquí, tan cercano y tan mío.

En un rincón de la soledad, ya no del barrio sino de una muy íntima que vive en mí desde que te fuiste, ahí también nos encontramos siempre. Vieras que dulce y que amargo, cómo a veces suelto una risa y descubro que es tu tuya, cómo a veces suelto algunas palabras y pareciera como si hablaras por mi boca, como en muchas ocasiones alguna de nuestras canciones logra conmoverme hasta las lágrimas y caigo en cuenta de cuánta falta me hacés todo el tiempo.

Papá, yo podría escribir libros y libros sobre nosotros y no dejar de llorarte como lo hago ahora. Todo está aquí, todo vive en mí, todo se ha quedado para recordarme constantemente que soy una extensión tuya, que intenta vivir cada día con tus enseñanzas, con tu discreto pero macizo cariño, con la pasión con que hablabas de tus temas favoritos, muchos también míos.

En una esquina de esta soledad de soledades, y en ese rincón del barrio de La Soledad, yo te encuentro, yo te abrazo, yo juro y te digo que eres parte de mí y que respiras en este mundo todavía a través de todos los que te conocimos y te extrañamos cada día de nuestras vidas. Todos estamos bien, porque vos estás siempre a nuestro lado.