miércoles, 13 de febrero de 2008

Viaje Placentero


¿Qué sería yo sin mis amigos? Son ellos los que empujan, me regañan, me hacen salir adelante a punta de brincos y saltos, me excusan cuando esta boca tan particular mete las de andar, me libran de mis peores pesadillas y de mis mayores sustos, me apartan de las malas sombras y con solo una palabra pueden arreglar mi caos.

Compañeros de tragedias y victorias, de risas y sonrisas, de llantos incontrolables y carcajadas que terminan en “aquella necesidad urgente de ir al baño”. Son los que con sus historias, que yo hago mías, y con lo que hemos vivido, me han dado ya la razón para una buena muerte: el susurro a mi oído agonizante de alguna de las muchas excelentes anécdotas nuestras.

Ellos lo saben y siempre se los recuerdo: soy feliz de ser parte de sus mundos y de que ellos hagan girar el mío. Así de simple, de cursi o de cliché. Desde accidentes de tránsito, llantos de amores, compartir una diva -¿Olivia o Sheena Easton?- situaciones desesperadas e incluso demasiado raras para que sean creíbles, desde noches de poesía, doblajes burlescos de Pasolini, veladas de Mazo Español, clases de Esperanto, karaokes improvisados -donde suele brillar la Dúrcal-, compartir el mejor tequila, el más exquisito mezcal o la misma borrachera y sus efectos –sino pregúntenle a Alejandro-, hasta descubrir el momento de dar vida junto a una amiga, a la que prefiero llamar hermana.

Con muchos defectos pero con mayores virtudes, cada uno fue apareciendo y lo pude conservar, lo espero conservar “hasta el último trago”.

De los amigos al amor, todos comulgamos de esta hostia algún día, es el soma del paladar sediento del humano. No he tenido muchos amores pero han bastado y sobrado. Hay caricias que solo saben darse con una persona, con una mirada que nos toca hasta el fondo y nos conmueve, nos remueve.

Hay quien sabe conocerte como nadie más y te premia y te sorprende con pequeños detalles, como el queque más hermoso de la historia, el mejor abrazo, la complicidad en las pequeñas y grandes cosas o el consentir a tus amigos. Quien da amor merece la llave de tu ciudad de emociones, así de simple, ser ciudadano ilustre en tus tierras.

Todo es más fácil, mucho más, cuando la gente se quiere. Yo quiero querer a mis amigos siempre como acto compulsivo y que ellos me quieran. Viajar a su lado todo el tiempo y tomar sus manos durante el despegue.

viernes, 11 de enero de 2008

Año nuevo: sin itinerario definido




Empezar un año es como acumular millas para visitar nuevos destinos. En estos primeros días del año que recién comienza muchos quizás no hemos definido nuestro plan de viaje, pero sí estamos claros en que o queremos ir a nuevos contextos geográficos, emocionales, profesionales, o bien, como dice la Chavela “volver a los viejos sitios donde (uno) amó la vida”.

Nuestro primer boarding pass del 2008 está en blanco. Es nuestro deber, guiados por nuestros deseos, escribir ahí nuestros nuevos destinos en la vida. Para aquellos que perdieron a algún ser querido, visítenlo en los viajes de su memoria, pensamientos, viajando en el concorde de los sueños, el único que no lograron eliminar, con el cual se llega más pronto a cualquier dimensión. Y no olviden que el mejor remedio para superar una pena como esta es compartirla con quienes ya hemos pasado por algo similar.


Para quienes terminaron el año con miedo y sus coletazos aún les alcanzan en este nuevo año, piensen que el mayor miedo es que originamos nosotros mismos, el que sentimos adentro de nuestros cuerpos y cabezas. Usen pues, una visualización creativa optimista para vencerlo y tengan presente que el mayor enemigo nuestro siempre vive dentro de nosotros mismos.


Las penas de amor siempre se superan, no importa cuán imposible esto nos parezca. Como marineros, otro destino en nuestra vida traerá un nuevo amor si sabemos enrumbarnos. Como el miedo, el amor y la capacidad de amar nace de uno mismo, irradia y es captada por quienes andan al asecho del amor.



Aquellos a los que les pegaron una traición, de amigo, de trabajo, de familia, de lo que sea, para vivir es necesario comprender que quienes nos traicionan lo hacen porque nos envidian algo, eso es infalible, como una ley natural del ser humano. Como el closet, como correr un antivirus, es indispensable estar siempre limpiando, escaneando la lista de personas que nos rodean, para bien y para mal, así logramos saber quienes verdaderamente nos quieren y hasta sorpresas como descubrir que aquel que hace menos ruido es quien más no ayuda y nos quiere, así es.


Es raro tomar un avión completamente solo, en la mayoría de los casos siempre hay muchas personas que ocupan otros asientos. En la vida ocurre igual, sepamos conversar con los demás, entenderlos y atenderlos. Así descubriremos que nuestra pena ya ha sido vivida y probablemente superada por otros. Si no, es mejor dejar en recuerdo una pena cuando se trabaja en ella junto a otro que también intenta sobrepasarla, otro pasajero del mismo vuelo.


El tiquete está en blanco, son ustedes quienes deciden hacia dónde quieren ir y a quienes quieren por compañeros de viaje. Intenten llevar poco equipaje porque así se llenará de todo lo que los demás les ofrecerán. Que nuestra memoria del 2008 termine siendo como la sala de esas gentes que traen un souvenir de cada viaje: al final del año se darán cuenta cuántos recuerdos guardan de tantas personas que han incorporado a su vida.

Bienvenidos a bordo, que disfruten de sus travesías y recuerden que, como dijo en una carta mi amiga Yolanda, “de todo se aprende en los viajes”. Espero acompañarlos en muchos de sus vuelos y en cada destino poder darles ese abrazo que todos siempre necesitamos, un abrazo de humanidad.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Travesía de regresos


"Volveré y seré millones", dijo Eva Perón algún día y yo lo repetí, unos 50 años más tarde.
Me iba de la oficina y esa fue la manera de despedirme de mi jefa. Luego, de camino a casa pensaba y, como dice mi amiga del más allá Yolanda, "pensar asusta, porque acerca a Dios". Ay Diosito, entonces nos hicimos los dos uña y carne y comenzaron estas divagaciones en torno a la vida, propia, ajena y mezclada. Todo a raíz de la mención de esa famosa frase atribuida a la Santa Peronista. Ahora vienen a parar en este espacio virtual –como todo en la vida-, que atenta contra mi privacidad pero alimenta mi irrepetibilidad.

Volver, se vuelve de fijo siempre, como dice esa hermosa poesía-canción que solo Chavela sabe interpretar: “uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida”. Qué cierto es, incluso se experimenta una extraña sensación de pertenencia y vacío al mismo tiempo cada vez que regresamos a algún lugar donde tanto amamos como odiamos alternativamente, pero donde definitivamente vivimos intensamente esta combinación de pellejos, huesos y un yo único e irrepetible, que es la vida que nos ha sido dada.

Pienso en volver, volver a la escuela, a la que juré por mucho tiempo no más volver gracias –y en verdad gracias- a los agravios sufridos y el reconocimiento de limitaciones que ésta supone –sobre todo de índole numérica, en mi caso- y por ser el primer espacio-espectro donde se rompe con lo íntimo-vinculante de esa pequeña pero refrescante y limpiadora burbuja de jabón, que se conoce como familia y que se puede romper con solo soplarla.

Hoy, a raíz de la frase, he vuelto a la escuela. Pero esta vez no fui solo. Me hice acompañar del adulto que ahora pretendo ser y al cual suele atacar y sorprender el niño que siempre he sido.

Es espantoso y maravilloso volver al niño tratando de ser un adulto. Se combinan sensaciones –prefiero hablar de sensaciones que de experiencias, porque alguien dijo que estas son el nombre que damos a nuestras mayores equivocaciones y por lo general no veo mi vida como una serie de errores, sino de aprendizajes, aunque que la he metido, la he metido y no muchas sino casi todo el tiempo, pero sigo aprendiendo-.

Bueno, a como hablo escribo y lo he vuelto a hacer. El niño detesta al adulto y el adulto no le tiene paciencia. Un analista o un shamán diría que no me tengo paciencia a mí mismo y que me detesto. NO ES CIERTO. En realidad mi adulto envidia a mi niño, una criatura silenciosa, que amaba sus viajes introspectivos y vivía en un mundo perfectamente combinado entre realidad y fantasía. Nada particular, como todo otro niño, pero sí único e irrepetible.

Volver, volver, ya casi con la frente marchita como el tango, intento volver a la esencia de ese infante, pero no se puede. Ya mi sien está marcada por las nieves del tiempo y eso que vengo de un país tropical, donde la nieve brilla por su ausencia. Algo así como la vereda tropical, la ruta de Cortés –sin Malinche, porque detesto a los malinchistas aunque todos llevamos sus genes-.

Me traslado a mi escuela, donde pasaba largas horas desatendiendo las lecciones a más no poder –pobres profesores- y concentrándome arduamente en mirar por la ventana únicamente. No necesitaba más. Ahora sí y me pregunto por qué.

El adulto no logra descifrar en lo que fui a un infante completo. Alguna pieza hace falta. No está triste, pero parece cargar una inmensa y desolada depresión. Desolación, otra vez aparece la palabrita, con nuevas divagaciones… ¿Quién se la habrá inventado? Desolación, al pronunciarla me veo bajo un sol de mediodía, como de Viernes Santo, cuando todo confabula para rendir homenaje casualmente a la desolación: uno se siente solo, tan solo en este mundo que incluso sujetar la mano del ser amado en esos momentos no significa, porque uno está más allá del bien y del mal, del amor y del odio, de toda pasión, que es aniquilada por esa extraña sensación.

Un Viernes Santo al mediodía ni el viento respira ni las hojas se mueven ni uno se siente plenamente vivo. Estoy seguro. La palabra desolación debió haber sido creada un Viernes Santo al mediodía.

Una vez, ya de adulto, un sábado que limpiaba mi closet encontré un frasco de vidrio y dentro un papel amarillo por el tiempo. Al examinarlo, las palabras que habían dentro me causaron al principio gracia: era el testamento que de niño escribí pensando en morir. ¿Por qué deseaba la muerte? El adulto no lo sabe. Llegó, ciertamente, el día en que ese niño falleció y se llevó a la tumba, que es el cuerpo del adulto, ese secreto. El impacto me llevó a escribir un poema, que muestro aparte.

Decía que me hizo gracia al principio, pero luego terminé llorando. ¿Por qué ese niño nunca obtuvo un dadivoso abrazo cuando lo necesitaba? Tuve que esperar media vida para tenerlo. Sucedió hace como cuatro años y fue el último abrazo que me dio mi padre. Como adulto tuve que buscarlo, no podía dejar este país sin recibir lo que siempre había añorado.

Mi padre nunca fue un hombre cruel, todo lo contrario, era tan bueno, tan justo y tan noble, que todavía y por siempre lo seguiré extrañado con una cuota interminable del dolor que su partida ha causado en su familia. Es solo que los abrazos y los besos no se acostumbraban en mi familia. ¡Maldita sea! Y yo que ahora tanto quisiera prolongar ese abrazo postrero.

Como decía, yo me iba del país siguiendo un sueño que concluyó en pesadilla, y él me llevó al aeropuerto. Nos despedimos con unas palmadas en el hombro, deseándonos ambos la mejor de las suertes. Yo ingresé al edificio y de repente algo sucedió. En la tumba de mis penares se revolcó el cadáver del niño, pidiendo su añorado abrazo. Yo tiré las maletas, al mejor estilo “hollywodiano” y él todavía estaba ahí afuera, como esperando algo o sintiendo lo mismo que yo sentía. Yo todavía puedo verlo, tengo la imagen grabada en la retina. Lo abracé tan fuerte y le dije: “Papá, muchas gracias por todo”. Él se sintió un poco atribulado y se quedó sin poder emitir palabra alguna. Me fui, tomé el avión, viví un poco más de lo debido y luego volví. Nunca imaginé que esa sería nuestra despedida.

La próxima vez que lo vi ya no hablaba, ya no se movía… estaba queditito, como un muñeco, en su caja.

Yo lo quiero y lo quiero extrañar también, es mi derecho.

Tal vez así ese niño deprimido se mejoró, aunque una eterna pena cargará el adulto, pienso que a lo mejor ese niño ya estará jugando, ya es feliz porque la fuerza del abrazo colmó a infante y pellizcó al hombre. No lo sé, pero es mejor verlo así, aunque cómo quisiera tener de nuevo ese abrazo, y repetirlo.

Lamentablemente, Eva no ha vuelto ni veo millones de Evitas. Tampoco mi padre ni todos mis muertos –tome nota: incluida Yolanda-. ¿Será acaso que se regresa en otras formas y así se multiplica el ser? ¿O tal vez, quienes nos conocen en vida nos replican tras dejar la madre tierra y al ser incorporados por gestos, palabras, mañas, citas, obsesiones y demás nos convertimos en millones?

Llegué a casa y llamé a mi cuarto, el de infancia, ahora virtual, al niño. Un chiquillo flaco, con cabello casi blanco y unos grandes ojos que indagaban todo y que usualmente llevaba tijeras consigo para recortar todo, vino muy enojado. Lo abracé muy fuerte, le dije cuánto lo quería y luego de llorar por largo rato, nos fundimos literalmente en ese abrazo. “No seremos millones -le dije- pero al menos ahora podemos ser uno”.

Testamento Umbilical

Un llanto incomprendido,
una pelea perdida,
un juguete robado,
escondido o no comprado.
Por caída
o por capricho.
Todo pudo ser motivo.
Todo tanto como nada.


Fecundación
de primeros signos
con tinta.
Sangre azul o negra
daba forma
a mi primera despedida.


El tiempo supo
callar las letras,
ajenas al Olimpo paternal.
El ropero pudo
guardarlas
entre polvo, telarañas
y olvido.

Día de limpieza
un testamento doblado y amarillo
no escapa a la mano afanosa.
Al desdoblarse
las palabras
cuentan la historia
de un pequeño
enojado con la vida.


El adiós nunca realizado
devuelve al infante
ahora arrepentido.
El adulto que fue el niño
lee con risa sus escritos.
Quien odiaba le ha enseñado
que el lazo umbilical
no se rompe nunca.
Ríe, recuerda ...
Luego llora
abrazado a su cordón.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Viaje surrealista a una parte del mundo surrealista de Luis Buñuel


La Mujer de Buñuel

Hoy la vi, mientras caminaba hacia la oficina.
Extraño, pero apareció mientras yo miraba lo que quedó de la antigua Facultad de Derecho y pensaba en su alto valor como patrimonio arquitectónico. Extraño, insisto, porque su paso me llevó a pensar que ella es uno de esos personajes urbanos, que ya forman parte de la arquitectura de la ciudad, si así podemos llamar a este eterno y poco cambiante cafetal con luz, que ha sido San José desde 1887. Por tanto, debería ser amparada por la Ley de Patrimonio Histórico, puesto que ella es parte de este legado urbano pronto a desaparecer debido, principalmente, a la indiferencia de la gente.

Hace ya algunos años la vi por primera vez.
Sucedió, a propósito, con ocasión del centenario del laureado cineasta español, en la sede de la Alianza Francesa, donde proyectaban La Vía Láctea. Al tomar asiento noté que mi compañera de al lado era una mujer de unos 75 años, perfecta y elegantemente vestida al más puro estilo de los 60’s, pero con prendas y accesorios originales. Por ello, las ropas ya estaban rasgadas, bastante, y el collar y las pulseras daban fiel evidencia de que habían presenciado muchas celebraciones. Su bolso estaba un poco roto y sucio, pero hacía un "perfect match" con su atuendo. Parecía como dicen “nobleza venida a menos”, a mucho menos en términos estrictamente económicos, por supuesto. La clase se respira y no se pierde nunca, ni con la pobreza, por más snobbish o facho que suene mi comentario.

Tras concluir nuestro paseo por La Vía Láctea nos invitaron a tomar un vino y comer algunos bocadillos –extraña palabra esa, cursi y pola al mismo tiempo-. Se levantó de su silla y se lanzó a la mesa a devorar, no comer, todo lo que pudiera, con una velocidad sorprendente, que desafiaba a las mismas leyes de la física. Tragó como loca, tanto comida como vino –de caja, por supuesto, pues aún en la Alianza Francesa el presupuesto no parece alcanzar para botellas-. Y me dije: “Ah, ésta es de las que siempre vienen por la comida y nunca faltan a ninguna actividad donde haya trago y comida”.

Yo quise y decidí observarla. Siempre me ha gustado subir a un bus, tomar un avión y ver caras y jugar a adivinar cómo será la vida correspondiente a x rostro. Luego, resolví acercarme, hablar con aquel enigmático personaje que parecía haberse escapado de una película de Buñuel y no de Almodóvar, como está tan de moda. "Esta parece una chica Buñuel, no una chica Almodóvar", me dije. Hoy es fácil encontrar una que otra chica Almodóvar (bueno mi mamá es como una Endora Almodóvar), pero una chica Buñuel es casi inexistente, están ya en vía de extinción. La chicha Almodóvar no tiene que ser necesariamente bella, basta con que sea diferente, muy distinta al resto y con ciertos –¿o muchos?- elementos kitsch, tanto en trapos y atuendos como en personalidad. Contrario a esto, la chica Buñuel ha de corresponder con una belleza clásica, pálida y definitivamente original y sencilla. Así como Catherine Denueve –a quien mi primo Rodolfo llama, en broma, "Caterín, la del nueve"- o la misma Silvia Pinal, de su etapa mexicana.

Me dije: “A abordarla”, y me lancé, así como ella a la comida y el vino, yo a ella. Me puse a su lado y le hice la típica pregunta cajonera: “¿Y ... qué le pareció la película?” “Este Buñuel no deja de impresionarme, aún luego de tantos años”, fue su respuesta y continuó: “Usted sabe que lo conocí en París, justo cuando filmaba esta película. Lo gracioso del caso es que me dijo que yo era el tipo de mujer de sus películas y hasta me preguntó si era actriz, imagínese”. Ah, pensé “si esto es cierto, entonces no me equivocaba, es una mujer tipo Buñuel”, pero había que ponerlo a prueba, pues podría tratarse de una variación tipo High Class de bombeta, así que le dije: “Parlez-vous français?” Se rió y contesto en perfecto francés que sí, que aunque nunca había vivido en París, lo había visitado muchas veces en su vida –la de antes, obviamente- y había recibido clases de francés con profesores franceses.

Luego de un rato descubrí que tenía ante mis ojos a una especie de Biblioteca de Alejandría hecha mujer, de carne, hueso y cerebro, mucho cerebro. Al hablar, por ejemplo, de mi novia eterna, es decir, Yolanda Oreamuno, mencionó la influencia que en ella había ejercido Marcel Proust –luego leí un estudio de la obra de mi novia que mencionaba lo mismo y lo interesante es que fue publicado mucho después-.

Pero claro, nuestra conversación tenía que centrarse en mi mejor amigo eterno, o sea, Luis Buñuel. Hablamos de su vida, de su obra, de España, Francia y México y, no podía faltar, el surrealismo en su cine. Digo hablamos, pero realidad yo lanzaba los puntos y ella dictaba los contenidos. De cuando en cuando, ella miraba alrededor y cuando nadie estaba a la vista abría su bolso y echaba disimuladamente uno que otro pastelito.

En mi afán por descifrar tan complejo personaje y probar si mis hipótesis eran correctas, también con disimulo logré averiguar que vivía sola, sin familiares de ninguna cercanía y que venía de una familia bastante burguesa, pero, efectivamente, venida a menos, en términos económicos estrictamente, repito y puntualizo.

Luego la he visto en varias exhibiciones de arte, conferencias y presentaciones de libros, atenta al discurso, de vez en cuando lanzando preguntas y, eso sí, tras los actos, siempre aterida a la mesa de los bocadillos y el vino –para variar, de caja-. Su bolso no es de Louis Vuitton, sino de Mary Poppins, pues de ahí puede entrar y salir cualquier cosa. Este es parte irremediable de su dueña y continuamente acoge generoso cuanto alimento le ingrese.

Han pasado años, muchos, desde la noche en que la conocí. Hoy la vi, mientras caminaba hacia la oficina. Los sesenta no pasan de moda para ella, pero las prendas eran aun más desgarradas, lullidas y remendadas, una y otra vez. Estaba muy delgada, probablemente ahora ya no hay tanta actividad artística como antes y su cuerpo daba indicios de un cruel proceso de encorvamiento. Además, los sesenta hace tiempo quedaron allá para ella. Hoy, su cabello era escaso y las arrugas afloraban por doquier. Su paso era lento y complicado. Eran los años.


Al acercarme noté que se agachaba junto a unas bolsas de basura. “¡Mi Dios!”, me dije, “¡No es posible que haya terminado en esto!”. Sentí la ira, la furia la necesidad apremiante y demandante de acercarme y pedirle que desayunara conmigo, llevarla al supermercado, comprarle comida, pagarle la renta, llevarla a un médico, complacerla. Pero, sin embargo, no lo hice. Tan sólo me quedé mirándola, petrificado. Se acercó a la basura y tomó algo, de repente se incorporó y se quedó mirándome: alzó la cabeza, se planchó ligeramente con sus manos la ropa, sonrió y me dijo: “Machito, usted me sale por todos lados”. En sus manos aparecía una ramita floreada de algún árbol, que había caído justo junto a la basura y que ella juntó.

Volvió a sonreír y entonces siguió su camino. Y yo la vi alejarse, no sé si con dolor de hijo, de amante, de penitente, de solitario o de compañero de humanidad.

martes, 2 de octubre de 2007

Madreselvas en flor... el viaje del Adiós perpetuo


Un ejercicio de tinta para expiar la pena absoluta de la ausencia de mi padre. Fue publicado en un periódico y tras ello me percaté que había ayudado a varias personas.


Tal vez el tango fue mi primera canción de cuna. No por azar sino por pasión, la voz de Carlos Gardel pudo ser la primera que me cantó, secundada por la de mi padre.

Desde entonces, desde siempre, el Zorzal pasó a ser el mejor compañero de viajes de ambos, de esos que se hacen a lugares que la música y la mente nos llevan a conocer. Aquella casa, donde una viejecita espera eternamente la llegada de sus hijos que partieron hacia el frente, un Buenos Aires querido, con un apartamento en Corrientes 3-4-8, para ser más exactos con la dirección, sin porteros ni vecinos, que con el tiempo resultó no ser el prototipo de hogar que en mi imaginación de niño yo soñaba. Y aquella vieja pared del arrabal, cubierta por madreselvas en flor, que me vieron nacer…

Como Gardel, mi papá se fue de este mundo súbitamente, en una mañana, en unas pocas horas que yo no entiendo y que parecen haberse quedado grabadas para toda la eternidad.

Dicen que a los hombres buenos la vida los premia con una muerte rápida, sin sufrimiento. En el caso de mi padre, esta es la única razón que pueda explicar el por qué no pude tan siquiera sostener su mano al irse de este mundo. Pero, en fin, la vida es misterio, la muerte también y el tango expone los enigmas de ambas perfectamente. Me toca a mí hoy emprender la retirada, debo alejarme mi buena muchachada. Adiós muchachos, ya me voy y me resigno, contra el destino nadie da talla…

No tuvo sufrimiento al morir, al menos así lo aseguran los médicos. El dolor se quedó para nosotros, con nosotros y ahora aprendemos a vivir con él y sin mi padre. Con su partida aprendimos muchas cosas, como quiénes eran nuestros verdaderos amigos… los muchos que supieron estar. Pero también logramos rescatar todo lo que él es y seguirá siendo para nosotros porque, si bien es cierto el cuerpo muere, el espíritu se viste de recuerdo constante y pasa a ser parte de lo que uno es y de cómo ve la vida.

Sombra compañera. Tras cruzar la distancia entre dos países, pude llegar para cantar a su cuerpo, memoria de su vida, Madreselva, uno de sus tangos queridos. Entre llanto y canto, mientras lo hacía, me detuve a pensar, a decirle, que como lo reza este tango: tu sombra fue la compañera de mi niñez. Por casualidad, al día siguiente, sus amigos de tango le dijeron adiós con los acordes de esta misma composición.

Hoy, después de tanto tiempo y tanto tango, descubro que efectivamente, si su sombra fue la compañera de mi niñez, la luz de su presencia será la que alumbre los tramos oscuros de este camino, aún sin terminar… de este tango aún inconcluso. Gracias papá, por la Vida y por el Tango.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Al final del pasillo ... Un boarding pass muy íntimo


Resulta interesante examinar esta lectura que hice de mis padres, ahora que falta uno de ellos. No se dieron cuenta de que yo los observaba, tal vez por primera vez en toda mi vida. Pude fotografiarlos como un polizón escondido en un closet del avión, viéndolos interactuar en su cabina de Primera Clase ... ellos merecen viajar siempre ahí.



Al final del pasillo, ahí los vi: ella en la cama, él a su lado. Ella, sin una gota de pintura, como nunca antes la había visto. El, también como nunca antes lo había visto: más viejo que nunca, tan cansado, tan agobiado, tan humano.


Desde que recuerdo, y en eso he estado desde entonces, haciendo correr mi disco duro, nunca ha permitido que la vean sin pintarse la cara, bueno ha de ser porque también pinta y ella misma es un retrato más de su obra. Siempre ha sido muy chineada, bueno, creo que en cierta manera él siempre ha sido una extensión de su padre. Pero ahora no hay chineo que valga, solo es realidad y punto.

El siempre ha sido dócil, llevadero, pacificador, introvertido y bastante, pero mucho, tímido. Una buena persona, no puede decirse lo contrario. Es un niño crecido, grande, bastante, que aun extraña a su mamá. De hecho, es extraño pensarlo hasta ahora, pero se parece mucho a ella: es muy noble. Y los años le han dado rasgos físicos de ella, solo que en versión masculina.


De primera entrada pueden juzgarlo de hosco, de frío. Bueno, a veces a mi también, sin dejar de lado esa connotación de snob-contra la que tengo que luchar todo el tiempo. Pero luego de un rato ... ¡ah!, y si le mencionas a Gardel, sale el fanático y listo, adiós timidez. Hasta incluso puedes sacarle un tango, a capella –indico: se prohíbe mencionar el nombre de la Santa Peronista, o sea, Eva Perón, porque la detesta-.

El ama el Tango, ella para nada. Ella ama el Arte, a él no le interesa mucho, pero con el tiempo ha aprendido a leerlo, a verlo y admirarlo. Sin embargo, ella va con él al Rincón del Tango y él la lleva a cuanta exposición la invitan. Siempre juntos, producto de una excelente negociación: él cede, ella cede. Viven con la filosofía del Two Way Street y por eso nunca los he listo pelear en toda mi vida.

Pero, aunque siempre los he visto de esta manera, hoy los vi distinto. Cuando me acercaba por el pasillo, quise detenerme y leerlos, más que verlos. Ella sin su óleo en la cara –aunque creo que es más acuarela, por su palidez característica- y él sin su típico periódico o su maletín de abogado –que a veces pienso hasta duerme con el-.


Me detuve, de hecho, quise leerlos sin que lo notaran, sin que supieran que yo estaba ahí, presente. Ella tiene más arrugas de las que oculta y uno pueda imaginar, pero, wow, no tiene papada –que dichosa-. Él, tiene todas las arrugas que pueda y no tiene problemas con ellas, pero sus ojos se han ido hundiendo un poquito y uno que otro pellejo le cuelga ya bastante, sin dejar de lado que se está jorobando, como su madre –lo cual lo hace parecerse más aún a ella-.

Ella en la cama, él a su lado. No es la cama de siempre: ahora es de hospital. Ella espera una operación, no muy complicada, pero ambos saben que esto es solo parte de un camino: la vejez, donde el hospital puede pasar a ser un ambiente más de la vida misma. La terrible enemiga de ella de todos los tiempos, ahora se ha hecho su pariente, porque vive con ambos. Para él la vejez siempre fue como Libertad Lamarque: un canto de descanso al final y al principio del día –será por eso, me pregunto, que tengo tantas obsesiones con la música?-

Ah, la música: Libertad, Los Machucambos, Chavela, Magaldi, Beethoven y Gardel, por supuesto, nos hicieron a los tres amigos al cabo de muchos años. Ellos y Ellas son parte de nuestra mesa.

Hoy los vi tan viejos ... ¡Puta, qué viejos están! A veces, para bromear, le digo a él que se salvó del accidente en que se nos fue Carlitos –Gardel, nuevamente- y a ella que fue compañera de kinder de Cleopatra, no Liz Taylor, sino la verdadera, la Reina del Nilo. Pero hoy todo esto aplica, los veo viejos, muy viejos, tan viejos que no logro entender cómo putas diablos se hicieron viejos de la noche a la mañana –honey, time flies when you’re having fun-.

Bueno, esta noche ha sido larga, solo quiero decir que ella es mi mamá, aunque bromeando siempre decimos: “a la que Grace Kelly le encomendó mi crianza”. Una ejemplar ciudadana de Saturno, pues la mayoría del tiempo parece vivir en una de sus lunas. Pero su calidad saturnina, le da un don que no tiene cualquiera: cuando pinta es sublime, tiene un ojo distinto para poder captar esencias y no apariencias, en eso nadie le gana.


El es mi papá –si, está bien, confieso que la verdad es que no soy hijo de Cary Grant-. Pero él es grande, aunque parezca chiquito. No hay mayor grandeza que la inocencia de un niño y esa es precisamente su mayor virtud: ha sabido conservar esa parte de niño intacta a través de su vida –tal vez de ahí aprendí a actuar como niño muchas veces-.

Y yo, yo formo parte de este pequeño club, muy exclusivo, por cierto, en el que ninguno de mis hermanos participa. Ellos tienen otros clubes, porque ninguno se muere por el Zorzal como yo lo hago –otra vez más, sale Carlitos-, ni les interesa tanto la pintura como a mí. Ya ven, pues, es un mundo chiquito, muy íntimo, como una esfera, pero hay mucha gente y alguno que otro famoso.

Ahora, en el pasillo, recuerdo una mágica tarde, ya muy distante, en que mamá cantó a dúo con Chavela “Veracruz” y luego papá se picó y se puso a cantar, también con ella, “Sus ojos se cerraron”, por su, de Gardel –y va el necio una vez más-.

Algún día los ojos de ambos se cerrarán por siempre, como dice la canción y como enseña la vida. Pero, contrario a la canción, el mundo no seguirá andando, ni será el mismo. Para mí se detendrá en el recuerdo de tardes, tangos, rancheras y demás canciones. En alguno que otro viaje, conversaciones sobre mis roommates Yolanda Oreamuno y Eunice Odio- a quien papá no quiere mucho a raíz de un comentario sobre Otilio Ulate, pero que sin embargo aceptó que se nombrara a su bebé –la gata- en honor a la poetisa- presidentes y libros y muchos chistes contados, entre muchos otros recuerdos.

No serán prefectos, no serán distintos, pero no los cambio ni se aceptan devoluciones –y eso incluye hasta a Grace Kelly-.